Capítulo I : Junto al Lago

el lago

Siete, nueve, otras veces once. Más grande. Tres, cinco. 

Me entretiene lanzar piedras al lago y contar los saltos que dan contra su superficie. He aprendido que es importante la forma, y quizá no tanto el tamaño. En ocasiones se hunden rápido al primer impacto, emitiendo un ruido plomizo, como si el agua fuese densa y tibia.

Siempre me ha gustado el agua. Y me aterroriza a partes iguales. Los domingos mis padres dejaban la cama sin hacer, y yo aprovechaba para jugar bajo los edredones. Me imaginaba buceando en aguas profundas y oscuras, pero curiosamente, no era un océano.

Cada tarde, antes de anochecer, aquella rana aparecía en televisión. Saltando y brincando, bailando sin parar. La rana no pretendía asustarme, pero yo aún temo aquella canción: “Junto al lago, las ranas croan sin cesar”.

Por las mañanas, yo buceaba en aquel oscuro lago. Uno de los edredones tenía un estampado infinito de flores entrelazadas, y casi a tientas seguía su contorno con los dedos, como si fuesen a guiarme hacia algún lugar desconocido. El agua estaba caliente, y era posible respirarla con la misma facilidad que si fuese aire.

Me arrastraba entre algas y plantas acuáticas y me sumergía cada vez más profundo. Hasta el fondo. Hasta los pies de la cama.

La muerte debe ser algo parecido a aquel lago. Por el silencio, y por la distancia. Por la soledad. Por la certeza de que la vida sigue en la superficie pero nunca podrás regresar.

También imaginaba la muerte como un desierto de rocas, sin arena. Un desierto azul y negro, infinito y silencioso. Y el sentimiento de que no existe un camino de vuelta.

Quién iba a decirme que acabaría escribiendo estas páginas junto a un lago. He construido el refugio cerca de la orilla, bajo los abetos de Douglas que delimitan la transición entre la vegetación de ribera y la falda de la colina. Hay bastante humedad, y en esta época del año no ha sido fácil encontrar ramas secas que me aislen del suelo. 

No recuerdo exactamente cómo llegué hasta aquí. Desde el Centro de Visitantes partía un camino estrecho en dirección norte, y avancé por él unos trescientos metros. Conducía hasta una zona amplia de parking, aunque a aquellas horas no había llegado ningún vehículo. La vegetación no era demasiado alta, y como no identifiqué ninguna senda que me permitiese avanzar por el bosque decidí abrir paso lentamente.

Quizá fue un exceso de confianza, porque en pocos minutos perdí el norte y me encontré en la más absoluta incertidumbre.

En las películas de adolescentes, en las malas, los jóvenes que se desorientan siempre caminan en círculos. “Oh, Dios mío Sandy, hemos pasado de nuevo por estas rocas, nos hemos perdido. ¡Estamos andando en círculos!”  

¿Acaso no eran conscientes antes? ¡Desde el mismo momento en que perdieron el rumbo!  A menos que tu vida no tenga sentido ni rumbo, en cuyo caso, cualquier momento es adecuado.

Sin embargo, querida Sandy, estábais en lo cierto. El ser humano es imperfecto, nuestro oído interno es imperfecto, y no conocemos con absoluta precisión nuestra posición vertical. A cada paso que damos perdemos ligeramente el equilibrio hacia el lateral donde nuestro sistema vestibular presenta mayores irregularidades. En ausencia de una referencia externa el ser humano comienza a andar en círculos, en una danza infinita e inconsciente que, irónicamente, evita que nos alejemos más de lo necesario.

En las dificultades y en las dudas repetimos patrones y recorremos los mismos bucles porque está en nuestra naturaleza. Sálvese quien pueda.

Alcancé la orilla del lago, y la estuve siguiendo durante un par de horas hasta la desembocadura de un arroyo que de repente apareció por mi lado derecho. Lo remonté durante algunos minutos hasta encontrar un paso vadeable, y crucé hasta la otra orilla.

La ventaja de inventar un camino es que, probablemente, nadie podrá seguir mis pasos. De hecho, quise construir este refugio en un punto alejado de cualquier vereda.


Aquí solo existe el silencio. Por las noches observo el cielo y pienso en otros planetas, y los busco como si alguna vez hubiese conocido su paradero.

Viajo a ellos en una nave de cartón, de color plateado y sin alas. Dos pequeñas antenas de comunicaciones vibran en el lateral izquierdo, sale vapor de agua por las chimeneas, y a través de un amplio parabrisas contemplo la luz que emiten cinco faros alumbrando la superficie mientras desciendo. El suelo está cubierto de rocas moradas, marrones, y crecen plantas con tallos verdes y flores rojas. En el cielo flotan dos lunas grises, y en un lejano horizonte se dibujan montañas azules y negras.

Recuerdo que en aquella época, cuando buceaba en el lago, tenía pesadillas recurrentes con estrellas que se alineaban de forma espontánea, formando estructuras simples en el cielo que se desplazaban de forma consciente y organizada. Y hoy, en este cielo, hay muchas estrellas. Demasiadas.

El universo está tejido con un material oscuro común a todos los seres vivos y a los compuestos inertes. Se extiende por los lagos, las estrellas y los desiertos. 

Solemos confundir la vida con la realidad, como si la muerte no fuese también parte del mismo juego. ¿En qué se diferencian realmente? Todo está conectado, la información fluye y se sincroniza en diferentes estados, de forma instantánea y sin importar la distancia que separa a los elementos. La vida y la muerte también están sincronizadas permanentemente, de una forma íntima que las hace claramente indistinguibles.

Damos por hecho que lanzar una moneda solo puede provocar dos resultados, excluyentes y contrapuestos, pero somos nosotros quienes damos significado a la cruz y la cara mientras gira en el aire. Además, olvidamos que es solo cuestión de tiempo que la moneda caiga sobre el canto.

Por todo esto, mis pesadillas me atraen y me aterran a partes iguales.

Junto al lago, las ranas croan sin cesar.


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