Capítulo II: Cotard

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Aleyn Graham tenía 58 años, y trabajaba en The State Hospital desde hacía cuatro. A pesar de tratarse de su primer trabajo como vigilante en un centro psiquiátrico, Aleyn se consideraba un buen empleado. 

Trabajaba a turnos, con descansos intermitentes y mal calculados, y en aquellos cuatro años había acumulado experiencias de lo más extravagantes. Su función era velar por la seguridad del personal del centro, y eso significaba no intervenir en las labores de celadores y demás personal técnico-sanitario. Pero, a veces, era inevitable no quedar atrapado por las historias personales que se desbocaban tras aquellas paredes.

Dave Day era Médico Psiquiatra, y podría decirse que era un recién llegado. Aquella mañana sostenía la valoración inicial de un paciente al que estaba previsto dejar ingresado.

María Addelayed, 23 años. Nacida en Aberdeen, Escocia. 174 centímetros de altura y 65 kg. de peso. Rasgos asiáticos, complexión mediana y sin alteraciones físicas llamativas más allá de una ligera exotropía en su ojo izquierdo.

Dave ocasionalmente levantaba la vista para mirar a María, quien a su vez miraba a través de la ventana y se ajustaba la coleta del pelo, ajena a todo el protocolo.

El paciente advierte haber muerto tres veces durante las últimas semanas y opone resistencia a la ingesta de alimentos. Mantiene sistemáticamente la negación de su existencia, e incluso a veces, la inexistencia de personas y objetos que la rodean. Su padre afirma que ha experimentado episodios de inmovilidad, mutismo, y tendencia al autoabandono (Dave apuntó al margen “¿Síntomas de catatonia?”)

Diagnóstico:  Trastorno depresivo con características de esquizofrenia. Melancolía ansiosa crónica con fases de delirio nihilista, compatible con Síndrome de Cotard.

Aunque sin darse cuenta, Dave había leído en voz alta la práctica totalidad del informe ante la ausente mirada de María y de su padre, un señor de origen afgano al que calculaba más de 65 años. A su edad, y por circunstancias familiares, cuidar de María se había convertido en un reto difícil de asumir y que a todas luces escapaba de sus escasos conocimientos médicos. El ingreso en The State Hospital parecía la mejor opción, aunque no era compartida por su hija.

A tres pasillos de distancia, la habitación de María estaba prácticamente lista: una mesita con una silla, un armario con cuatro perchas, una cama con su correspondiente timbre, y una pequeña ventana que no podía disimular las finas rejas que la protegían.

Sobre la mesita había un vaso de plástico sobre el cual habían escrito “María”, y sobre la cama una toalla limpia, un pijama blanco serigrafiado con el nombre del hospital, y una caja para depositar pertenencias. Por las características del paciente, se consideró que no eran necesarias las inmovilizaciones mecánicas para la cama.

La acompañaron hasta aquel cuarto y la enfermera que cubría el turno de tarde realizó una valoración de constantes vitales que quedó registrada en el informe de ingreso. María miraba la caja sobre la cama y pensaba en lo absurdo de la vida, si es que acaso existía, y en que le harían depositar allí dentro cualquier objeto que representase el menor riesgo para su integridad física: objetos cortantes, objetos de gran longitud y flexibles, objetos de valor, documentación, y cualquier producto que pudiese contener alcohol.

La caja quedó literalmente vacía. Como gran aficionada a los detectives y las tramas policíacas, María se llevó de casa un par de novelas que tenía a medio leer. 

También era aficionada a construir figuritas con recortes de papel, y suposo que no sería complicado encontrar alguna libreta en el hospital.

Sabía que la enfermera llevaba varios minutos explicando los detalles de cada pasillo, la ubicación de los aseos y los salones comunes, los horarios del comedor, y en realidad todo aquello le importaba muy poco. Solo pensaba en quedarse a solas, y en morirse de nuevo. Y en que todos aceptasen por fin que el mundo dejó de girar hacía mucho tiempo.

Cuando la enfermera abandonó la habitación, María suspiró aliviada. Si “lo suyo” (como los demás decían) era un desorden mental, al menos no era suficiente para privarle de su capacidad de juicio. Con frecuencia habían comparado su vida con una película Disney: chica débil, huérfana de madre, padre con pocos recursos. Le faltaba el tópico del patito feo que se convierte en cisne, y con razón, porque aquello jamás sucedería.


Dieron las 18:30, y como era su primera noche, le pareció razonable mantener las apariencias. Ni tenía hambre ni le preocupaba alimentarse, porque ciertamente, cuando alguien está muerto no lo necesita. Recordó con facilidad las indicaciones de la enfermera, y tras recorrer varios pasillos se encontró ante el salón comedor. Junto a la puerta había un señor con gafas, de pelo canoso, que debería tener 60 años. En el pecho, al lateral izquierdo, una placa gris con letras amarillas decía “Aleyn” y a María le resultó un nombre simpático. A Aleyn le debió resultar simpática la presencia de María, y se esforzó en que esta le viese sonreír cuando cruzaba el umbral de la puerta.

Arenque ahumado, puré de rábanos y patatas. Un trámite que ni supuso disfrute ni tampoco saciar necesidad alguna. El postre parecían galletas de avena, que no eran de su agrado, y decidió que era buen momento para abandonar el salón y regresar a su cuarto.

En la persona de Sir Charles no se descubrió señal alguna de violencia y, aunque el testimonio del médico señala una distorsión casi increíble de los rasgos faciales —hasta el punto de que, en un primer momento, el doctor Mortimer se negó a creer que fuera efectivamente su amigo y paciente—, pudo saberse que se trata de un síntoma no del todo infrecuente en casos de disnea y de muerte por agotamiento cardíaco.

El sabueso de los Baskerville no estaba resultando su novela favorita, y no tardó demasiado en dejar el libro sobre la mesa. La oscuridad se había ceñido sobre The State Hospital, y apagó la luz de la habitación para disfrutarla. Aprendió a desenfocar la vista sobre la ventana para salvar las rejas, y fue cuestión de segundos deshacerse de ellas.

Su mente escapó lejos. Cruzó los jardines del patio trasero y trepó por el doble vallado de aluminio. Sobrevoló Hillcrest Terrace, y ganó altura sobre la vertical del White Loch.  Hacía frío allí arriba, y los módulos de The State Hospital dibujaron las siluetas del Space Invaders.

A kilómetros, millones de kilómetros de allí,  otra María Addelayed miraba por su ventana hacia el espacio infinito. Y el infinito le devolvía la mirada de otra, de cientos de ellas. Sonrió. Y todas sonrieron.


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