Capítulo III: 29 de febrero

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Comencemos con una pieza cuadrada de papel, preferiblemente de color verde. Con esta pieza, construyamos la base cuadrada de origami. 

A continuación inserte el dedo en uno de los bolsillos de la base cuadrada y desplácelo hacia el frente. Pliegue y aplane. A este movimiento clásico se le conoce como pliegue de calabaza.

Repita la operación tres veces más hasta que la pieza de papel adopte forma de diamante. 

María seguía con atención las instrucciones en el libro de figuras de origami.

El origami y la papiroflexia consisten en hacer figuras con papel, pero el origami tiene sus reglas. Y por eso no son sinónimos.

Siguió doblando y desdoblando esquinas, a veces por ensayo y error porque las fotografías que ilustraban el proceso no eran precisamente descriptivas. Ya llevaba más de la mitad de los pasos.

Realice dos pliegues inversos para crear las dos patas frontales. Y ahora vuelva a realizar un pliegue inverso para estirar la primera pata trasera.

Solamente faltaba darle forma a la cuarta pata, para después ajustar ligeramente el volumen del cuerpo.

Había obviado las recomendaciones, y ahora no estaba muy segura del resultado. En The State Hospital había cuadernos, tamaño cuartilla, que probablemente se utilizaban como obsequio para los familiares, y de paso, se repartían por las mesas de las zonas comunes. Eran cuadernos con la tapa rígida, en color azul, y unas letras negras citaban el nombre del centro psiquiátrico de forma ostentosa, como para que diese vergüenza robarlo y llevárselo a casa.

Las hojas interiores también eran azules, quizá de un tono más claro que el de las tapas, pero claramente no eran verdes como sugerían las instrucciones. En ese preciso momento, sonó el equipo de megafonía.

Apartó la mirada del libro y descubrió al resto de pacientes que, con mayor o menor éxito, trataban de distraerse en el salón de usos comunes.

“Señorita María Addelayed, el Doctor Dave le espera en consulta”

Recogió aquella figura azul e incompleta de la mesa y la guardó en un bolsillo del pijama. Lo siguiente que debía guardar era el libro de origami, quizá incluso esconderlo.

Era 29 de febrero y a primera hora de la mañana había cumplido 24 años.  Desde pequeña había pensado que nacer en año bisiesto no podría traer nada bueno, y celebraba los cumpleaños entre la resignación y la esperanza del que envejece cada cuatro años.

Tan solo llevaba un mes ingresada, pero desde los primeros días sentía cierta complicidad con Aleyn, uno de los vigilantes del centro. La complicidad por definición ha de ser mutua, así que sospechaba que Aleyn compartía el sentimiento. Aquella mañana Aleyn no tenía turno de trabajo, pero la noche anterior entregó a María un paquete envuelto en papel de regalo.

Conocía algunas de sus aficiones y el libro de origami le pareció una apuesta segura. Obviamente el libro no estaba declarado entre las pertenencias de la paciente, pero evitó una situación incómoda y no advirtió a María. Tampoco era necesario, porque ella también prefería mantener el regalo en el anonimato.  Por cumplir la absurda normativa, y un poco por el que dirán respecto a su amistad con Aleyn.

De camino a la consulta del Doctor, María escondió el libro en el mejor lugar posible: a la vista de todo el mundo, donde nadie pudiese sospechar de encontrarlo. En las estanterías de la sala de lectura.


Han pasado treinta días desde tu ingreso, y los informes son favorables. 

La condición psiquiátrica de la que fuiste diagnosticada no es tan intensa, y poco a poco comienzas a reconocer tu entorno y la realidad que te rodea.

Aunque a los nueve días de estar ingresada sufriste un severo episodio de catatonia, hasta hoy, los síntomas no se han reproducido. En el centro estamos muy satisfechos con tu evolución y es probable que en cinco meses se valore el procedimiento de alta.

María no recordaba prácticamente nada, ni siquiera aquel episodio del que hablaba el Doctor Dave, y que superó gracias al tratamiento con venlafaxina, diazepam y aripiprazol. Los médicos consideraban que estaba mejorando, y sin embargo ella se encontraba más viva y peor que nunca.

Últimamente tenía más apetito (había ganado algo de peso), e intercambiaba algunas palabras con otros pacientes como si acaso no estuviesen todos muertos. Las ventanas de su habitación parecían más luminosas, y su mente no le permitía desenfocar las rejas para ser libre.

Claro que no. De ningún modo pasaría cinco meses más en aquel centro.


Al terminar la cena se dirigió hacia la sala de lectura. A esas horas no era habitual tener compañía, ya que los pacientes preferían el salón de la televisión o directamente retirarse a descansar en sus habitaciones. Deslizando la yema del dedo por el lomo de una escueta fila de libros pasó de largo sobre los origamis y se detuvo sobre un ejemplar de color amarillo, con los cantos algo sucios.

The Hunting Party, de Lucy Foley, había captado su atención y ojeó la contraportada. Una pandilla de amigos, un lugar recóndito de Escocia, y un misterioso asesinato. Con algo de suerte incluso habría una investigación de por medio. Cuando giró el libro para colocarlo bajo su brazo, una pieza grande de papel planeó lentamente hasta alcanzar el suelo.

Era un folleto informativo, de los que se doblan una y otra vez para reducir su tamaño. Quizá había sido utilizado como marcapáginas, pero a juzgar por su notable volumen María pensó que realmente había descubierto el lugar donde otra persona había escondido algo valioso.

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María se quedó inmóvil en mitad del pasillo durante algunos segundos. En una mano sostenía el libro, y en la otra un plano a medio desplegar que por unos instantes le había transportado a otro lugar, sin duda mejor, del que le separaban 70 millas, las paredes del centro psiquiátrico y su vallado de aluminio.

Probablemente, encontrar aquel folleto fue el detonante. Aquella tarde, a sus 24 años recién cumplidos, decidió que iba a escapar de The State Hospital.  Todavía no sabía cómo, aunque podía hacerse una idea. Y no tardó en conseguirlo.


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