Capítulo IV: Orch-Or

Y al final, todo se reduce a la existencia del alma.  A su naturaleza y su finalidad.  A la investigación de la vida y de la muerte, la investigación del alma.

Minuto cero. Big bang caliente e inflación cósmica. La consciencia universal se genera en este momento, como una sabiduría que ha guiado las decisiones de toda la humanidad de forma colectiva.

Las adaptaciones biológicas nos han permitido conectar y sincronizarnos con este campo. En el fondo, es un rayo de esperanza. Encontrar a Dios, y que sea un Dios cuántico.

10 de febrero de 1996, Philadelphia, EE.UU. 

El superordenador Deep Blue consigue ganar varias partidas al vigente campeón del mundo de ajedrez, Garry Kasparov, demostrando que la inteligencia no es necesariamente biológica. ¿Qué hace diferentes a los seres vivos de las máquinas? La consciencia. La capacidad de reconocerse en el entorno, de dar crédito a la realidad.

Pero… ¿de dónde surge la consciencia? Los procesos físicos tradicionales no son suficientes para explicar el fenómeno. El plano computacional no es suficiente, faltan piezas en este puzzle. Hace unos años me gustaba leer las divagaciones del doctor Penrose. Este afirmaba que la respuesta está en la mecánica cuántica: la consciencia es cuántica.

En los microtúbulos neuronales se dan las condiciones necesarias para que se produzcan eventos cuánticos, y con ellos la información que da forma a la consciencia. En ese momento, desaparece el límite entre la vida y la muerte.

Aunque nuestro organismo fallezca, la información cuántica no se destruye. No puede destruirse. Entrelaza sus estados y se disipa por el universo, regresando a la matriz cósmica de conocimiento que siempre ha guiado a la humanidad. Cuando nuestro cuerpo muere nuestra consciencia se encapsula y adopta la forma de alma para viajar hasta el origen. Es entonces cuando existimos, eternamente, fuera de nuestro cuerpo.

Yo lo imagino como abrir la galería del teléfono móvil y no saber si las fotografías siguen en la memoria del aparato o se fueron a una nube. Y tampoco importa. Están sobre la mano y puedes verlas, sin importar si están aquí, allí, vivas o muertas.

Quiero a confesarte algo: tenemos un backup errante. Una nave de cartón, de color plateado y sin alas que abandonó nuestros microtúbulos hace millones de años para regresar a su hogar en el universo. Una nave que atravesó centenares de planetas con cielos de celofán arrugado y plantas rojas lloronas.

Una nave con cinco faros, que algún día aterrizó y se sincronizó en el cerebro de otro ser vivo. Pero aquel ser vivo dejó de estarlo, y la nave llegó al t menos cero para despegar de regreso al universo. Una y otra vez. Y así todas las veces.

Por eso te dije que la vida y la muerte están sincronizadas permanentemente, de una forma íntima que las hace claramente indistinguibles.

Ahora, ni viva ni muerta, yazco en la orilla de este lago.

Durante toda la tarde estuvo lloviendo, hasta que las nubes huyeron apresuradamente. Se agruparon y volaron lejos, como si atendiesen la llamada de la Bruja del Este.

Ya está anocheciendo. Escucho a los pájaros volver a sus nidos, con gran estruendo de picotazos y graznidos mientras se acomodan entre las ramas. Imagino que se dan las buenas noches una y mil veces, se saludan y visitan hasta que caen rendidos en la cama.

Cuatro estrellas han comenzado a moverse en el cielo. Tres más. Al unísono se desplazan lentamente hasta conformar dos filas paralelas que avanzan desde el horizonte hasta la vertical de mi cabeza. Se hace el silencio y siento que mis pies comienzan a mojarse por un agua densa y tibia. Ya ni siquiera escucho los sonidos del lago. 

Siete, nueve, otras veces once. Más grande. Tres, cinco.

Las estrellas aceleran su movimiento y dibujan delgadas líneas luminosas y conscientes a mi alrededor. La hierba se convierte en rocas azules. Un desierto azul y negro, infinito y silencioso.

Una bala de cartón atraviesa mi cerebro, desde dentro hacia fuera y en sentido ascendente. Algo tira de mí. Sonrío.


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