Capítulo V: De agua y barro

barro y agua

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Precisamente sobre una moqueta estaba recostada Banshee.

Era la madrugada del martes al miércoles, un miércoles cualquiera, y bastante tarde. Un antiguo televisor tronaba en el salón y emitía luces parpadeantes que se proyectaban sobre las paredes y atravesaban las cortinas para colorear el patio delantero de la casa. Avanzaban hasta diluirse en los charcos que se habían formado sobre la carretera.

El televisor tenía un grueso cristal gris de cantos redondeados, encastrado en una caja de madera con los bordes rematados en acero inoxidable y varias perillas para manejar el volumen y la sintonización multibanda. Fue una maravilla en su época, un trasto impertinente en cualquier caso, y ahora era la única compañía que ambos tenían en aquella casa.

Banshee era muy joven, había nacido hacía cuatro años.

Tenía el pelo blanco y negro, pero ambos colores a la vez. Sus dos pequeños ojos marrones estaban ahora cerrados, y respiraba tranquila. El pelo sobre su hocico era largo y encrespado, como si tuviese un prolongado bigote que se extendía hasta la punta de su nariz. Bajo su barbilla colgaba otro largo penacho de pelo, normalmente apelmazado por la baba, que le daba cierto aire aristocrático.

Pero lo más llamativo era su cuerpo: una enorme caja torácica en contraste con un vientre recogido, y una cola muy larga que se estrechaba conforme se alejaba de la base. Era como un galgo disfrazado de mapache. Difícil de imaginar si nunca antes has visto un lebrel escocés.

El televisor encendido, Banshee tendida sobre la moqueta, y a continuación el sillón con reposapiés en el que descansaba Aleyn Graham.

Era frecuente que Aleyn no consiguiera conciliar el sueño en la cama, y se quedaba sentado en el sillón hasta altas horas con la televisión encendida para no sentirse demasiado solo. Hace años, cuando Eara le reprochaba que se había quedado dormido en el sofá, Aleyn entraba en trance consciente de forma inmediata y hablaba con tono firme: no estaba dormido, solo estaba descansando. Eara ya no estaba allí  para preguntarle, y aun así, en el fondo no bajaba la guardia.

De repente, el Philips de cristal grueso quedó en silencio. Banshee levantó ligeramente las orejas, pensando que había llegado el momento de levantarse de la moqueta para marchar al dormitorio, pero advirtió que Aleyn permanecía inmóvil.

La pantalla emitía una nieve blanquecina y cambiante, sin zumbido sonoro. Una infinidad de líneas blancas y negras se entrecruzaban dibujando complejos patrones de formas difusas que, en ocasiones, formaban bandas horizontales que recorrían la pantalla transversalmente. En cuestión de segundos las formas negras se separaron de las blancas y comenzaron a concentrarse en la esquina superior izquierda del cristal, como atraídas por un imán invisible. Desde la esquina avanzaron en paralelo al borde superior, recorriéndolo en su totalidad hasta la esquina opuesta. Al alcanzarla, sin explicación aparente, volvieron a distribuirse por toda la pantalla y a mezclarse con el fondo blanco para seguir dibujando patrones monocromáticos. El antiguo televisor Philips se apagó repentinamente, y solo entonces Banshee despegó su vientre de la moqueta y encogiendo el rabo entre las piernas se acurrucó junto al sillón de Aleyn con los ojos muy abiertos.


El sonido de un Ford Fusion color negro hizo despertar a Aleyn. Sin mirar el reloj calculó que serían las 7:00 am, hora a la que su vecino solía arrancar el motor del vehículo para irse a trabajar. Se sintió afortunado, porque él tenía unos planes diferentes.

Una de las ventajas de trabajar a turnos es que podía disfrutar de su tiempo libre en días tranquilos, a diferencia de aquellos que agolpaban los planes durante el fin de semana. The State Hospital estaba a más de una hora de camino en coche, y después de cuatro años aún no se había acostumbrado. Sin embargo su vida en Coylton era muy tranquila, y pensaba llegar a la jubilación sin moverse de aquella casa.

Hoy miércoles tenía pensado ir a pasear con Banshee por el parque forestal, que también estaba a una hora de camino, pero en dirección sur. 

Encajó los pies en las zapatillas de estar por casa y se dirigió hacia la cocina, cruzándose por el pasillo con ella, que debía regresar de comer algo.

La intención era realizar una excursión corta, suficiente para distraerse un rato y para que Banshee corriese libre persiguiendo a pequeños animales. El lebrel escocés era utilizado hace años como perro de caza, y aunque actualmente tienen un carácter dócil y muy tranquilo, todavía conservan algo de instinto.

La tarde anterior estuvo lloviendo con bastante fuerza, y hasta última hora cuando abrieron las nubes no tuvo claro si podrían salir. Por si acaso dejó preparada una mochila con utensilios muy básicos para ir a la montaña, una botella de agua, y algo de comida.

Muy cerca de casa había una tienda de alimentación, que realmente vendía desde licores hasta sellos postales, y Aleyn hizo una pequeña parada para comprar a Banshee una bolsa de golosinas para perro. Eran una especie de galletas rojas con forma de pez y un olor bastante desagradable, pero a ella le gustaban mucho, y Aleyn solo las había encontrado en aquella tienda del pueblo.

El galgo mapache viajaba en el asiento trasero, sujeto por un collar adaptado al cierre del cinturón de seguridad. El collar no era demasiado largo y le obligaba a recostarse en una posición un tanto extraña, pero era la forma más segura de viajar.

El Parque Forestal Galloway era realmente inmenso. Más de 600 kilómetros cuadrados de interminables montañas cubiertas de exuberante vegetación, grandes lagos, senderos y vida silvestre. Atraía al año a miles de turistas, y era un lugar muy visitado por familias y por aficionados al ciclismo. En su juventud Aleyn había recorrido junto a sus amigos las zonas más recónditas del parque, y conocía bastante bien los enclaves más simbólicos. Solía dejar el coche en los aparcamientos del Centro de Visitantes Clatteringshaws, y desde allí realizaba rutas circulares.

Aquella mañana no había prácticamente tráfico en la A-713, señal de que sería un día especialmente tranquilo en el parque. Tal y como estaba previsto aparcó el vehículo en la explanada principal, la más cercana al centro de visitantes, y muy próxima al Lago Clatteringshaws. Banshee bajo con prisa del coche, casi sin esperar a que le quitasen el cierre de seguridad, y rápidamente se escondió entre los arbustos, olisqueando, hasta encontrar el más apropiado para desahogarse.

Aleyn no se sorprendió de que el centro de visitantes estuviera cerrado. No era la mejor época del año, ni el mejor día de la semana, y tenían que reducir gastos. Se quedó con las ganas de tomar algo en la cafetería, y tiró de las correas de la mochila para ceñirla mejor a la espalda y emprender el camino.

Desde allí partían varias rutas, todas bien señalizadas mediante carteles verdes y marrones con letras blancas que en ocasiones ofrecían información de las instalaciones más próximas. La zona norte estaba peor comunicada y los paseos eran pequeñas aventuras entre la vegetación, que crecía rápido y no daba lugar a que el tiempo formase veredas.

Banshee caminaba delante, confiada y alegre. Era un animal especialmente alto, y aun así muchas veces los matorrales la cubrían casi por completo y Aleyn debía seguirle la pista observando la punta de su cola. Solía tener problemas de llagas en sus patas, y después de cada paseo era muy importante limpiar y vigilar las pequeñas heridas.

Por el camino era habitual cruzarse con la fauna del parque. Huidizas nutrias, ciervos, cabras de Galloway, y una gran variedad de roedores que Aleyn no sabía distinguir, y por eso los llamaba a todos ratones. Los buitres, los halcones peregrinos y las águilas reales eran también invitados habituales, pero a Banshee le quedaban demasiado lejos y no les hacía caso. El barro formado la tarde anterior se pegaba en las suelas de las botas, y Aleyn caminaba con la vista baja procurando pisar en las zonas menos húmedas.

En el parque también había ranas, y era frecuente escucharlas al atardecer. Aleyn tampoco distinguía los tipos de ranas, pero la que se encontraba justo delante de su bota izquierda era claramente diferente. Tan diferente que apagó las luces de aquel miércoles cualquiera, llamando a voces a la oscuridad.

Entre el barro, muy deteriorada por el agua pero reconocible, había una rana de color azul a la que faltaba una de sus patas traseras. Una pequeña rana de origami de papel azul manchado por el barro, a medio hacer, y que llenó la cabeza de Aleyn de centellas azules y su estómago de vinagre.

Se detuvo el tiempo. Banshee corría a su alrededor pero no podía escucharla. El viento levantaba ondas en el lago antes de golpearle la cara, y Aleyn solo acertaba a empujar el puente de sus gafas con el dedo índice con la esperanza de borrar aquella imagen. Nunca antes la había visto, pero tenía la certeza de que aquella rana azul era de María Addelayed.


La A-713 ya no era una carretera tranquila. Dos vehículos del Servicio de Policía de Escocia con su característica decoración de rectángulos amarillos y azules se dirigían a toda velocidad hacia el Centro de Visitantes Clatteringshaws. El dispositivo de búsqueda de Maria Addelayed se había iniciado tres semanas antes, y al no tener éxito, las labores de búsqueda concluyeron solo algunos días atrás.

María había escapado de The State Hospital sin conocerse exactamente los detalles de su huída. Para cierta (pero egoísta) tranquilidad de Aleyn, él no estaba de turno aquella noche. De las declaraciones tomadas a un par de compañeros no pudieron extraerse datos concluyentes, y la investigación se hizo extensiva a un círculo más amplio de contactos. La amistad de Aleyn con María había llegado a oídos de la Policía, pero su declaración tampoco aportó ningún dato relevante.

La zona de aparcamiento pronto se llenó de vehículos. A excepción de su padre María no tenía más familiares, pero numerosos trabajadores del centro psiquiátrico y algunos allegados se habían prestado voluntariamente a colaborar en la búsqueda.

Aleyn caminaba con el primer grupo, con Banshee siguiendo de cerca sus pasos. Se habían distribuido las zonas de rastreo, y ellos escogieron seguir hacia el norte. La sensación de angustia y culpabilidad era una mezcla desagradable, y conociendo los antecedentes mentales de María el lugar reservado a la esperanza era minúsculo. Tras dos horas de camino vadearon un arroyo, y siguieron caminando en paralelo a la orilla del lago mientras con largas varas de madera separaban los matorrales buscando cualquier indicio de su presencia.

La cola de Banshee sobresalía nerviosa entre los arbustos, de lado a lado, participando de aquella búsqueda. No sabía qué estaban buscando, pero percibía la preocupación de Aleyn en su tono de voz cuando se alejaba demasiado y gritaba su nombre. De forma inconsciente él tiraba cada vez más fuerte de las correas de la mochila, se aferraba a ellas como si la presión generada le ayudase a sostener el corazón dentro del pecho.

La cola de Banshee se perdía en el horizonte, giraba sobre sí misma y dibujaba figuras en el aire. Sabían que se aproximaba a la orilla del lago cuando caminaba mucho tiempo en línea recta, señal de que avanzaba en paralelo a ella. Hasta que Banshee se detuvo.

No es común escuchar ladrar a un lebrel escocés, de hecho son muy malos guardianes, pero dos potentes ladridos rompieron el mediodía del miércoles. La cola permanecía inmóvil, a unos cien metros de la posición del grupo de rastreo. Uno de los policías que caminaba junto a Aleyn hizo ademán de echar la mano sobre su pecho para impedirle avanzar, pero finalmente se hizo cargo de la situación y no puso impedimento.

En un claro entre la vegetación, junto a una estructura de madera muy rudimentaria que hacía las veces de refugio, yacía el cuerpo de una mujer joven. Estaba tumbada boca arriba, con los pies orientados hacia el lago y los brazos extendidos simétricamente a cada lado del cuerpo. Las palmas de las manos apuntaban al cielo.

Aparentemente no había signos de violencia. Era un detalle siniestro, pero su rostro estaba tan relajado que casi sonreía. Vestía un pijama muy maltrecho por el agua y el barro, tan estropeado que solamente Aleyn sabía que era de color blanco.

Por su aspecto, María llevaba demasiados días sin alimentarse. Aleyn pudo deducir que se había abandonado hasta morir de hambre.

Los demás grupos de rastreo ya habían sido alertados del hallazgo, y se estableció un improvisado cordón alrededor del cadáver para proteger las labores judiciales. En un descuido de la policía, Aleyn rodeó el cuerpo de María hacia su lado derecho.

En el suelo había un cuaderno de color azul, los mismos que utilizaban en The State Hospital. Era consciente de que no debía alterar ningún elemento, pero presintió que aquel cuaderno le brindaría una despedida, y se agachó para recogerlo.

Ojeó indiscretamente las páginas, entre la curiosidad y el reparo, y el diario de los últimos días de María Addelayed fue pasando ante sus ojos. Hablaba de la vida y de la muerte, de sus pesadillas, incluso de aquellas estrellas sobre las que habían charlado alguna tarde en el centro psiquiátrico. Era una gran aficionada a las novelas policíacas, y en sus escritos reflejaba interés por investigaciones poco frecuentes.

María padecía un trastorno depresivo que le hacía dudar de si misma, de su existencia. Solía afirmar que estaba muerta, que todos estaban muertos. Justo antes de ingresar en The State Hospital, falleció tres veces en el transcurso de pocas semanas. Ahora, a la vista de su diario, la frontera entre la vida y la muerte cobraba una perspectiva diferente, menos psiquiátrica, menos enferma de lo que todos pensaban. El Síndrome de Cotard y la mecánica cuántica del cerebro mezclados como el agua y la tierra para formar un espeso barro.

La última página estaba especialmente sucia, y a juzgar por la caligrafía, le debió costar un gran esfuerzo mantener el pulso. La página era el final del diario, el final de la vida de María, la descripción de su muerte. Con dificultad y un trazo inestable, María había firmado su pequeña obra. Aleyn sabía que había sido muy feliz escribiendo el diario, y aquello suavizó su desconsuelo.

Antes de volver a dejar el cuaderno en el suelo, Aleyn regresó a la última página y leyó por última vez aquella firma temblorosa:

“La Agente Galloway”


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