Pandemónium. Capítulo 3. Caos.

Notas desordenadas en tiempos desordenados. Ruego lean las notas acompañados de la música propuesta.

Sergei Rachmaninov – Preludio en do sostenido menor. Op 3. No 2.

            Silencio. El sonido de los pasos de plástico. Un zumbido en los oídos. El corazón que se acelera. La respiración húmeda y veloz. La angustia que se extiende, contaminándome. La cabeza gira. Lamentos lejanos que suenan dentro del traje. Lamentos que me llaman. Un chillido que siento crecer dentro de mi, un chillido que lleva ahí meses, y que he intentado acallar, aislar, rodear de muros. Un grito que siento que cuando se escape, ensordecerá mi mundo. Noto una gota de sudor deslizándose por mi espalda y me doy cuenta lo ajeno que me encuentro a todo en este instante. Cierro los ojos. Siento que me hundo en mi mismo.

            Y entonces, voluntad, concentración. Una frase de una novela leída en italiano entra en mi mente. “Devi solo fare il tuo mestiere. Lascia perdere il resto. Fa’ il tuo mestiere.”. Ya estoy volviendo. Haz tu trabajo. Coge el paso. Respira. Estoy volviendo. Un paso y luego el siguiente. Desinfecta el estetoscopio. Haz tu trabajo. Mente fría. Ya he vuelto. Abro los ojos.

            Avanzo por pasillos, salones y habitaciones cotidianas que ahora parecen diferentes. Ahora son un entorno hostil, cargado con el miedo y la amenaza invisible. Incluso la luz es diferente, mas fría, oblicua, extraña. El aire está cargado de premoniciones. Dos tipos de seres cohabitamos este espacio mutado. Nadie entiende completamente la situación, tan alejada es a todo lo que habíamos conocido. Yo, de la estirpe del plástico blanco, hablo, estudio, exploro, tranquilizo, contengo, acompaño, palio. Ellos, de la estirpe de la piel aterrorizada, lloran, no entienden, gritan, aceptan resignados, desconectan, sufren, duermen, pierden.

            Cuando salgo, con un torno en las sienes, es liberador sentir el aire contra el plástico, el olor a lejía impregnándolo todo. La urgencia de despojarse de las capas, las barreras, la mascarilla. Sentir el viento contra tu boca, tu nariz, aunque solo sea un instante fugaz. Así que paseo un poco, reconectando conmigo mismo, que dentro del traje, las gafas, las mascarillas, las pantallas, y el miedo, sobretodo el miedo, es fácil perderse.

            Ahora escribo el relato de lo vivido, objetivamente, sin juicios, dejando el miedo fuera de la redacción, pulcra, de los datos recogidos. Hay que analizar, decidir, intentar no cometer errores, pelear, tratar. Así que escribo, poco a poco, lentamente, mientras la cabeza se espesa, horas pasan. Me imagino a mi mismo, solo en un mar infinito, en calma. Me imagino a mi mismo en una carretera de montaña, oigo el sonido de la moto y siento la danza de las curvas. Maniobras de escapismo. Una enfermera me pregunta por una hoja de tratamiento. Vuelta a la realidad. Repaso en busca de errores que estoy seguro de haber cometido, termino la tarea.

            Y por último, llamo. Cuervo de mal agüero. Portador de malas noticias, sellador de hados. Hablo hasta que la garganta se me queda seca, y sigo hablando. Tranquilizo a veces, choco contra un muro de vez en cuando. Me enfrento a abismos inconcebibles ocasionalmente.

Me temo que tengo malas noticias, su padre…

Le aseguro que esto no es culpa de la vacuna…

No estamos abandonando a nadie, se lo prometo…

Mi trabajo habitual encara la muerte, el sufrimiento, y estoy acostumbrado a la transmisión de malas noticias, a la negociación con la parca, al ruego incesante y a las conversaciones severas, pero esto de ahora es otra cosa. Es infinito y a bocajarro, en distancia y con interlocutores sin rostro. Me siento alejado del mensaje y del que lo recibe por primera vez en mi carrera. Cuando cuelgo, cada una de las veces, siento que no he sabido decir lo que necesitaban escuchar.

            Por fin, termina el día. Es noche cerrada. Hace un frío atroz. Aun queda nieve en las zonas de umbría de mi alrededor, recordando lo felices que éramos hace unos días, con un paisaje nevado e ignorando la realidad. En la primera noche, me cambio al lado del coche, tiritando. Conduzco a casa durante una hora, escuchando música, intentando que me transporte a otros lugares. Los faros alumbran la carretera que parece inmersa en una oscuridad absoluta. No me cruzo con nadie durante casi una hora.

Llego a casa, me desnudo de nuevo, voy directo al baño y me ducho durante un siglo. Pongo el agua lo más caliente que puedo tolerar, al principio quema mi piel, luego me reconforta. Intento que el agua lave mi miedo, mi tristeza, mi cansancio. Algo se lleva, si he de ser sincero, aunque esperaba salir más limpio por dentro y por fuera. Mi hija duerme desde hace varias horas, entro en su habitación, acaricio su cabeza, su respiración es tranquila, parece completamente ajena a todo esto, pero sé que no lo es, capta nuestra severidad, los silencios cargados, la densidad en las miradas. Ceno algo. Hablo con mi mujer, intento pasar de soslayo sobre lo que estoy sintiendo. Quiero protegerla de lo que hay en mi cabeza, y al dejarla fuera, le causo más daño. No lo veo en el momento, otro error cometido, en el fondo soy un idiota más, aunque quiera disfrazarme de otra cosa. Pero es que no sé cómo empezar a contarle el miedo a fallar, a no estar a la altura de lo que me exijo. La extenuación de sentirme responsable de 38 vidas humanas, de las que sé que se perderán 1 de cada 3 en un escenario optimista. Y como no sé cómo empezar, callo. Y todo lo que no digo, se acumula detrás de mi mirada. Y el ritmo salvaje de trabajo de estos días, se encargará de desplazar conversaciones y privarme de momentos en los que soltar lastre. Y ahora mismo no se como voy a romper esta deriva, pero como intentando escapar del fondo de la caja de Pandora, un pensamiento recurrente me asalta: el ser humano es, ante todo, adaptable.

Me tumbo en la cama, cierro los ojos, y duermo un sueño sin sueños ni pesadillas.